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La Colmena
Las abejas melíferas provienen de Europa y África
y, gracias a su capacidad polinizadora, han sido transportadas a
todos los lugares donde se practica la agricultura. No podemos considerar
a la abeja como un insecto independiente sino como parte de una
colonia organizada socialmente de una forma muy compleja. Cada colonia
está formada por decenas de miles de miembros que habitan
en una colmena y se la puede considerar una perfecta unidad biológica
formada por una madre reproductora (la reina) miles de abejas obreras
no fértiles, cuyas tareas son mantener el nido y proveer
alimento y unos cuantos cientos de machos (zánganos) sin
aguijón.
De la reina depende, en primer término, el bienestar y riqueza
de toda la colonia, pues es la única hembra, en la ciudad
de las abejas, que pone huevos (de 1.000 a 2.000 diarios) y proporciona
continuidad a la especie. Su tamaño dobla al de una abeja
obrera debido a que es alimentada exclusivamente con jalea real,
vive de cuatro a seis años y al envejecer disminuye su productividad.
El papel biológico de los zánganos consiste fundamentalmente
en la fecundación de la reina aunque también ayudan
al transporte de la miel y a mantener la temperatura de la colmena.
En cambio no son capaces de alimentarse por si mismos ni de defenderse,
ya que carecen de aguijón, por eso, al final del verano,
una vez fecundada la reina, suelen ser excluidos de la colmena y
abandonados a su suerte.
Todos los demás pobladores de la colmena son abejas obreras
hembras que no ponen huevos, su capacidad reproductora está
atrofiada recayendo toda la reproducción en la reina. A cambio
tienen un impulso maternal muy desarrollado que les obliga a cuidar
y alimentar a los pequeñuelos descargando totalmente a la
reina de este trabajo. También cuidan de la limpieza y supervisión
de la colmena, arrastran fuera de ella los cadáveres, construyen
sus viviendas, mantienen la colmena en la temperatura debida, acuden
en su defensa en caso preciso, recogen lo que necesitan para el
sustento de la comunidad, y se preocupan de la debida distribución.
La reina no toma parte en ninguna de estas actividades y los zánganos
solo ayudan a alimentar a las crías y a mantener la temperatura
de la colmena. Todas las obreras realizan todas las distintas actividades
en función de su edad: hasta el tercer día se ocupan
de limpiar la colmena; del cuarto al sexto, alimentan a las larvas
y comienzan sus vuelos de reconocimiento alrededor de la colmena.
A partir del séptimo día se activan sus glándulas
para la producción de la papilla o jalea real. Entre el duodécimo
y el decimoctavo día están activas sus glándulas
ceríferas y se dedican a la construcción de panales
además de hacer guardias, recibir el polen y el néctar
de las "pecoreadoras", elaborar los productos almacenados,
mantener la temperatura adecuada y ventilar las zonas de las celdas
con larvas.
Entre el decimoséptimo y el decimoctavo día comienza
su ultima labor trabajando en el exterior en la recolección
del néctar y del polen. En la temporada activa tan solo alcanzan
una edad de 45 días pero, en invierno, cuando la actividad
es mucho menor, pueden cumplir de seis a ocho meses.
Para regular todos estos trabajos intervienen las feromonas (secreciones
de las glándulas de los insectos) que al ser emitidas influyen
en el comportamiento y en el estado fisiológico de todos
los miembros de la misma especie.
La feromona que emite la reina atrae al zángano en el vuelo
nupcial, pero también tiene una influencia reguladora sobre
el trabajo de las obreras. Esta sustancia provoca la esterilidad
en las obreras e inhibe una puesta de huevos no fecundados por parte
de las mismas (de estos huevos solo pueden nacer zánganos)
pero también evita la cría de una nueva reina. Su
efecto regulador une a los insectos femeninos de la colmena y hace
que formen un sistema biológico unánime y se organicen
la división de funciones en la colmena. Una abeja obrera
separada de la colmena, aunque disponga de agua y alimento en abundancia,
no sobrevive muchos días sin el olor de la feromona de la
reina.
Otras feromonas aseguran la convivencia pues solo agrupadas en una
colonia son fuertes las abejas y así han podido sobrevivir
durante millones de años. Estas feromonas las emiten las
obreras y los zánganos. Las feromonas de las obreras también
regulan la puesta de huevos de la reina determinando si pondrá
huevos fecundados de los que se desarrollarán obreras o huevos
no fecundados de los que nacen zánganos. La mayor puesta
de huevos aumentará la cantidad de miembros de una colmena
y traerá la construcción de más celdillas.
Una reina bien desarrollada puede poner 200.000 huevos durante una
temporada. Para ello será alimentada cada 20-30 minutos con
jalea real de las abejas incubadoras y el resto del tiempo estará
recorriendo pausadamente el panal y depositando en el huevecillos.
Aunque estos huevecillos no son tan pequeños pues la puesta
de un día equivale, en peso, al del cuerpo de la reina. La
abeja primero introduce la cabeza en la celdilla para cerciorarse
que está vacía y que es apropiada. Si es así
introduce en ella el abdomen y permanece en reposo unos segundos,
cuando se separa el huevo está en el fondo de la celda y
ella está ya buscando otra celdilla en que poner el siguiente
huevo. En la puesta existe una ordenación perfectamente determinada,
puesto que la reina solo utiliza los panales primeros y medios de
la colmena y solo en la porción central de estos panales,
dejando la periferia formando el denominado nido de cría.
Alrededor de este nido depositan el polen que normalmente forma
una corona alrededor. El resto son celdillas de miel incluyendo
los panales primeros y últimos.
La abeja se desarrollará durante 21 días de los cuales
los tres primeros se forma un embrión en el huevo, a los
6 días ha completado su crecimiento como larva aumento su
peso en es tiempo hasta más de quinientas veces el inicial.
Esta larva no tiene la menor semejanza con la madre: sin cabeza,
sin ojos, sin alas y sin patas. Esto se debe a que la abeja ha de
mudar sin daño de su vieja envoltura y las alas serían
un impedimento insalvable (reducido a escala humana sería
como si un recién nacido alcanzara en seis días un
peso de tonelada y media). Sigue el tercer estadio o etapa de metamorfosis,
que es de reposo, y durante el cual la larva se transforma en abeja.
En este periodo las abejas cierran la celdilla con una cubierta
de cera en forma de bóveda y la larva hila un denso tejido,
que corresponde al capullo que preparan las orugas de muchas mariposas
al formar la crisálida. Este
periodo se llama de cría operculada, en contraposición
a los anteriores, llamados de cría abierta. En las celdas
cerradas permanecen las ninfas de abeja doce días hasta que
se rompe la cubierta, y de la celdilla sale una abeja en forma de
insecto perfecto. La reina realiza la puesta desde comienzos de
primavera hasta el otoño, por lo que en ese tiempo siempre
habrá crías de abeja en todos los periodos de desarrollo.
A diario nacen más de mil jóvenes y otras tantas mueren
por haber llegado al límite natural de sus días o
por accidentes diversos. Las celdillas de cría vacías
son utilizadas nuevamente por la reina para nuevas puestas. Los
cuidados proporcionados a la cría no se limita a los primeros
seis días en que es preciso alimentarla. Desde la puesta
del huevo hasta la salida de la abeja es necesario mantener una
temperatura comprendida entre los 35º y 36º C, temperatura que debe
mantenerse de manera exacta. Los insectos no tienen el mecanismo
que compartimos los mamíferos y las aves para regular la
temperatura corporal pero están igualmente expuestos a los
cambios extremos de la temperatura exterior. Por eso es extraordinario
que mantengan la cámara de cría de la colmena a una
temperatura regular y constante de 35º C. En la colmena hay millares
de obreras que engendran calor. Cuando hace frío las obreras
se reúnen y agrupan formando una bola sobre los panales de
cría y cubren con sus cuerpos las celdas para evitar la pérdida
de calor. Según va haciendo calor ellas se van espaciando
y, cuando la temperatura sube, traen agua – pues no pueden
sudar -, la extienden en una delgada película sobre el panal
y provocan su evaporación agitando sus alas. De esta forma
se convierten en pequeños ventiladores vivos que provocan
una corriente de aire ordenada, que empuja el aire caliente fuera
de la piquera (entrada de la colmena). Para esto hace falta un sentido
térmico muy superior al nuestro y una coordinación
muy bien conseguida entre las actividades de los distintos individuos.
En 1959, R. Chauvin, reconoció que el cuerpo de las abejas,
al contrario que el de los demás insectos, presentaba una
superficie totalmente estéril. Las sustancias antibióticas
allí presentes destruyen el 100% de los microorganismos y
no permiten el desarrollo de formas resistentes. Según Chauvin,
la abeja dispone de siete antibióticos diferentes: los de
su cuerpo, los de la miel, los de la cera, los de la jalea real,
los del polen, los de la apitoxina y los del propóleo. Esta
es una potente protección vital que permite que en una colmena
lleguen a convivir hasta 50.000 abejas perfectamente protegidas
frente a los abundantes microorganismos de la naturaleza.Los tiempos
señalados anteriormente para las diversas etapas de la cría
se refieren únicamente a las obreras. La reina precisa aproximadamente
unos cinco días menos. Los zánganos unos tres días
más, para que se desarrolle el huevo y aparezca el insecto
perfecto.
Dependiendo de los cuidados prestados a la larva por las nodrizas
de un huevo saldrá una reina o una obrera. Destinan a a las
obreras celdas normales y estrechas mientras que asignan a las reinas
celdas mucho más amplias que se llaman realeras. El futuro
de la larva se decide por la alimentación que recibe durante
su crecimiento. Las larvas obreras son alimentadas en sus primeros
tres días de existencia por una jalea nutritiva algo diferente
de la que recibe la reina. En fases posteriores su alimentación
se hace más fuerte, consistiendo en polen y miel. La larva
que será reina solo se alimenta de jugo nutritivo, que se
le va facilitando en mayor cantidad que a las demás larvas.
Pero lo fundamental no es la cantidad extra que recibe la reina
sino el aditamento de una determinada secreción glandular
que solo se destina a ella. Eso hace que la abeja llegue a pesar
359 gramos contra los 144 gramos que pesa una abeja obrera. El zángano
recibe una alimentación similar a la de la abeja obrera aunque
en mayor cantidad y eso hace que llegue a pesar 340 mg.
Lo que determina que de una celdilla salga una abeja obrera o un
zángano es que la reina deposite un huevo fecundado (obrera)
o un huevo no fecundado (zángano), estos nacimientos deben
ser previstos de antemano construyendo celdillas más grandes
que puedan cobijarlos.
La primavera es la época de mayor producción de alimento
y también de mayor actividad de la cría. El número
de abejas incrementa considerablemente y, con ello, la potencia
y prosperidad de la colmena que se prepara para multiplicar sus
colonias. Una nueva colonia exige una nueva reina, y solamente cuando
esta exista puede formarse otra población. En el mes de mayo,
lo más tarde, las obreras preparan algunas realeras y cuidan
en ellas a las larvas destinadas a ser reinas. Una sería
suficiente pero se crían varias para cubrir cualquier accidente,
pues es fácil suprimir un par de abejas sobrantes pero sería
imposible criar una nueva reina en una necesidad momentánea
y la naturaleza carece de sentimentalismo.
Aproximadamente una semana antes de que la joven reina salga de
su celda se produce la enjambrazón: unos días antes
de que esto sucede la actividad parece que decrece en el interior
de la colmena, las obreras se reúnen en grandes grupos en
la entrada de la colmena, agrupan algunos machos y, como obedeciendo
a una decisión común, se introducen en la colmena
y caen sobre los panales llenando sus estómagos. Solo la
mitad de la colmena hace estos preparativos y a continuación,
bien provistas, salen tumultuosamente en un viaje hacia lo desconocido
formando una nube de abejas que se eleva en el aire poco a poco.
Con ellas, abandona el hogar la vieja reina.
Entonces la reina pasa a guiar al enjambre, que se detiene en cualquier
árbol o entrante donde ella se detenga, formando un denso
racimo a su alrededor. Es en este momento cuando el apicultor puede
llevar, con poco esfuerzo, el enjambre a una colmena vacía
para asegurar su posesión. Si no el enjambre se habrá
perdido para él con seguridad, pues muchas abejas actúan
de exploradoras buscando un nuevo alojamiento. Las exploradoras
movilizan el enjambre y hacen que abandone su lugar de descanso,
el racimo se disuelve y sigue como una nube a las exploradoras a
su nuevo hogar.
Mientras tanto, en su antigua colmena las abejas están sin
reina, pero a los pocos días sale la primera joven reina
de su celda, virgen hasta que se una al macho y pueda comenzar la
puesta de huevos. Aunque en la colmena hay suficientes zánganos,
no se interesan en absoluto los unos por la otra ya que el apareamiento
consanguíneo resultaría perjudicial. Una semana más
tarde de abandonar la celda de cría, la reina emprende su
vuelo nupcial y se aparea en vuelo con uno o más zánganos
provenientes de otras colmenas a los que atrae con el olor que desprende
su glándula mandibular. Para ello se dirige al mismo lugar
donde todos los zánganos se reúnen cada año.
Este lugar viene determinado por un factor hereditario que les lleva
en época de celo a buscar un lugar determinado para el apareamiento,
la gente del campo conoce estos lugares ya que, en fechas determinadas,
se puede oír desde el suelo el zumbido de los zánganos
merodeando.
Antes de salir en su vuelo nupcial la reina habrá destruido
todas las otras realeras y matado personalmente a sus hermanas,
dejando a las obreras la misión de quitar las realeras y
eliminar los cadáveres. Pero cuando la población "está
de humor" para hacer un nuevo enjambre, las obreras protegen
las realeras sobrantes de los ataques de la reina. Las jóvenes
reinas preparadas para su salida no abandonan las realeras pues
la reina, sin titubeos, caería sobre ellas. Sacan sus trompas
por una pequeña hendidura practicada en la cubierta de la
celda y las obreras las alimentan por ella. Solo saldrán
cuando tengan la certeza de que la reina ha abandonado la colmena
con un nuevo enjambre, una de ellas quedará como reina y
las demás serán sacrificadas a no ser que vaya a haber
aun más enjambres y entonces sucesivas reinas irán
tomando posesión de sus derechos.
Una vez acabada la época de enjambrazón y hasta la
nueva primavera , las abejas forman un pueblo exclusivamente femenino
y mantienen entre sí una paz ininterrumpida.
Todos los miembros de la colmena que dejan de ser útiles
a la comunidad son eliminados, no por crueldad sino porque sencillamente
no podrían subsistir. Las viejas reinas improductivas son
eliminadas igual que las jóvenes excedentes, los zánganos
al copular pues pierden los intestinos en el acto y los restantes,
porque son incapaces de proveerse alimento y una vez acabada la
época de enjambrazón son expulsados. En cuanto a las
obreras, siempre están dispuestas a entregar su vida defendiendo
a la colmena ya que al utilizar el aguijón se desgarran por
dentro y mueren y también a exponerse a toda serie de peligros
en el exterior, mientras consumen su vida rápidamente en
el ingente trabajo que supone aprovisionar una colmena. Al final
de sus días, si no ha sufrido ningún accidente, la
abeja permanecerá agonizante en el exterior de la colmena
procurando no dejar un engorroso cadáver a sus compañeras.
Cómo
se relacionan las abejas
Los órganos más importantes para las abejas son la
vista y el olfato. Los órganos del olfato son las antenas, situadas en la parte
anterior de la cabeza que desempeñan, a la vez, la función
del tacto. Por tanto tienen un olfato voluminoso, pudiendo determinar
al mismo tiempo, la sensación de olor y la forma del objeto.
Esto es fundamental para poder orientarse en el interior de la oscura
colmena. En las antenas también hay unos minúsculos
órganos del gusto con los que detectan la humedad, el calor
y frío, el contenido de dióxido de carbono en el aire,
etc. Gracias a esto pueden mantener el microclima exacto en el interior
de la colmena, que requiere el desarrollo de las larvas.
En cuanto a la vista, necesaria para su actividad en el exterior,
disponen de un par de ojos facetados, situados a ambos lados de
la cabeza que les permite detectar los colores de forma precisa,
incluidos los rayos ultravioletas, invisibles para el hombre. Su
vista no es muy nítida pero es muy buena para registrar objetos
móviles y analizar los acontecimientos de forma temporal.
Se supone que el sentido del tiempo, sumamente desarrollado en las
abejas, está relacionado con el campo magnético terrestre,
y que este les ayuda también a orientarse espacialmente en
el interior de la colmena.
Una de las mejores brújulas para las abejas es el sol por
él que se orientan espacial y temporalmente pero también
son capaces de percibir las oscilaciones de la luz polarizada, propias
del cielo azul, y usarlas para su orientación espacial.
Para comunicarse entre ellas usan unos movimientos muy precisos
especiales llamados las danzas, por las que se transmiten información.
Hay una danza circular y otra danza abdominal: con la primera señalan
una fuente de aprovisionamiento cercana, con la segunda, que es
más complicada, emiten también sonidos. Cuanto más
lejos está la fuente, más lenta es la danza que también
indica la procedencia del botín. La dirección de la
danza es como una brújula indicando la dirección de
la fuente de alimento. Para informar sobre la clase de alimento
transmiten una dosis microscópica de dicha planta que portan
en sus cestillos de polen. La danza de las abejas adquiere toda
su importancia biológica por la circunstancia de que solamente
se realiza cuando se descubre una fuente rica en aprovisionamiento.
Para un botín escaso, que no ofrece gran riqueza, no se producen
danzas en la colmena. Cuando se produce la floración simultánea
de varias especies de plantas, la más visitada será
la que ofrezca mayor cantidad de néctar y en este el contenido
de azúcar más elevado. Las abejas que encuentren esta
clase de flores danzarán con más viveza que las que
han hallado un cebo menos rico. Así puede avisarse con mayor
exactitud el día que ha de recolectarse intensamente en la
flor de azahar por ejemplo y, al mismo tiempo, se asegura la máxima
actividad en la polinización de las flores que ofrecen el
néctar más dulce y abundante.
Notas tomadas principalmente de:
Curso de Apiterapia por Internet del Dr. Stefan Stangaciu,
"La vida de las abejas" Karl Von Frisch
"Apiterapia, la fuerza curativa de la miel" Dra. Pavlina
Potschinkova
 
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