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Las abejas HISTORIA Hace miles de años que los hombres consumen los productos de las abejas, no solo con fines nutricionales sino por sus efectos curativos. Los científicos creen que la miel forma parte de la dieta humana desde hace dos o tres millones de años. En los tiempos en que conseguir alimento implicaba riesgo y suerte, descubrir un escondrijo con panales de miel era un regalo. Junto a su notable dulzor, la miel era una comida inigualable en valor energético. Compuesta por casi un 75% de azúcares fácilmente digeribles y con una valiosa cantidad de vitaminas y minerales, la miel era el complemento perfecto a una dieta sobria. Además de la miel, el panal proveía de proteínas en la forma de larvas de abeja y polen almacenado. Hace al menos cincuenta millones de años (muchos hablan de más) que las abejas están en la Tierra: hay fósiles que atestiguan la existencia de insectos en el planeta en el Período Carbonífero de la era Palezoica, mucho antes de la aparición del hombre. ![]() Hacia el año 10.000 a.c. comenzó el hombre prehistórico a pintar sus experiencias cosechando miel. En Bicorp, Valencia, en una cueva prehistórica con pinturas de unos 7.000 años a.c., aparece una pequeña figura subida a una escalera que se apoya en una escarpada ladera, recogiendo trozos de panal con miel, en un tarro o cesta mientras le rodean nubes de abejas. Esta forma de recolección se basa en la caza y ha perdurado en distintos lugares del mundo a través de los tiempos hasta el mismo siglo XX, aunque hace miles de años que según las sociedades fueron evolucionando más allá del nivel de mera subsistencia, esto, como otros productos agrícolas, tenía que llegar a estar bajo el control humano. Apis mellifera, la abeja productora de miel más común en occidente, es originaria de la Europa templada y otras bases en torno al Mediterráneo de África y Asia. Curiosamente estas áreas coinciden con los lugares de nacimiento de las civilizaciones occidentales, las culturas egipcia, griega, romana, judía, cristiana e islámica, nacieron todas aquí. La más temprana evidencia de Apicultura, en oposición a la caza de miel, se haya en Egipto, aproximadamente hacia el 2.400 a.c. En lugar de ir en pos de las abejas, los egipcios aprendieron que las abejas podían ser atraídas a ellos. Ya que la abeja melífera es una abeja anidadora que vive, en estructuras formadas por multitud de panales construidos al amparo de la luz, los egipcios descubrieron que, una vez capturado, un enjambre de abejas podía ser fácilmente forzado a instalarse en una especie de tubos cilíndricos de gran tamaño, hechos de barro cocido y dispuestos en posición horizontal, unos encima de otros. Los egipcios mantuvieron una doble entrada en esos panales: la frontal para uso de las abejas y la posterior para recolectar la miel de forma más tranquila. Una vez cosechada la miel era almacenada en platos de cerámica ligeramente hondos y tapados. Se han hallado en tumbas muestras de estos, algunos con granos de polen o trozos de cera, intactos. En la tumba de Tutankhamon se encontró en 1922, en perfectas condiciones, varias vasijas con miel que habían sobrevivido con sus cualidades por 33 siglos. La apicultura formaba de tal modo parte de la vida egipcia que, durante la primera dinastía (3200 a.c.) un hieroglífico de una abeja era el símbolo del Bajo Egipto, el cual pasó a llamarse La Tierra de la Abeja. En unión con la juncia, planta que simboliza el alto Egipto, se convirtió en uno de los nombres del faraón, significando Señor del Bajo y del Alto Egipto. La miel fue reverenciada en Egipto, y ocupó un lugar prominente como comestible y como elemento de rituales religiosos. Fue empleada en dulces platos, panes horneados o hervida con la carne de los melones y otras frutas, para producir las sensuales confituras que aun hoy se pueden degustar en Alejandría. Debido a sus propiedades y cualidades como preservante, a la miel se la consideró un elixir particularmente poderoso y las abejas fueron mantenidas en los templos para alimentar a los animales sagrados, hacer ofrendas a los dioses y para la producción de medicamentos y ungüentos. Los cadáveres se podían conservar en miel, mientras que la cera virgen y la miel se incluía en muchos preparados cosméticos. En los rituales de magia se creaban figuras con cera de abejas ligadas a los hechizos y conjuros mágicos. Dichas figuras eran destruidas en un acto simbólico por la fuerza del fuego, se eligió la cera para este fin por su capacidad de arder fácilmente y no dejar rastro alguno tras de sí. Hay constancia de que la apicultura migratoria se practico ampliamente, los apicultores movieron sus colmenas cargándolas en barcas para evitar las inundaciones y para seguir a lo largo del curso del Nilo las plantas que estuvieran floreciendo. Aún más parecen haber valorado la miel silvestre y cazadores de miel, a menudo protegidos por arqueros reales, registraban los parajes silvestres en busca de colonias de abejas. Los papiros de Smith y de Ebers describen tratamientos que incluyen el uso de la miel, la cual, después del agua, era el ingrediente medicinal más común y se debe haber pensado que era terapéuticamente activa en muchas recetas. También era práctica habitual las aplicaciones de miel a las heridas abiertas. De igual modo en el año 1500 a.c. el propóleo, la cera negra, es mencionado en un papiro junto con otros ingredientes activos, en la secreta metodología de la momificación de los faraones. Aquí procedían de forma similar a las propias abejas, las cuales, si un ratón o cualquier otro "enemigo" de tamaño considerable se introduce en la colmena, después de matarlo lo embalsaman con propóleo para evitar su descomposición. Solamente por esta aplicación del propóleo en los embalsamamientos (la cera también puede haberse usado en dicho proceso) podríamos afirmar que las abejas eran una cuestión de Estado en Egipto y que los sacerdotes se dedicaron a su estudio y cuidado. "El Dios Ra lloró y sus lágrimas cayeron en la tierra y se volvieron abejas. Las abejas comenzaron a construir y fueron activas con todas las flores del reino vegetal. De esta manera llegó a existir la cera, así la miel fue creada de las lágrimas del Dios Ra". La cera de abejas no solo se usó como base para medicinas, también en la construcción de barcos y embarcaciones menores, en la fabricación de pinturas y en el fundido de metales. Los artistas y escultores del Antiguo Egipto y de Mesopotamia, de la Dinastía Han en China y de la civilización de Benin en África usaron el método de la cera perdida en el fundido para producir sus complicadas y difíciles piezas de arte en cobre, bronce y oro. En la literatura babilónica la miel era considerada materia médica. En los textos médicos asirios se utiliza en fricciones y también se observa su empleo en problemas oculares, en las enfermedades del oído y en ginecología. La miel se utilizaba también como un principio de purificación en las prácticas mágicas babilónicas así como en las ofrendas y sacrificios. También se le daba consideración mágica a la cera que era utilizada en distintas prácticas. Durante este periodo, surgen referencias a la miel en la literatura de China y de la India. El Rig-Veda, uno de los libros más antiguos de textos religiosos en la India, se refiere repetidamente a los valores medicinales de la miel que se consideraba un alimento dietético de primer nivel. En el "Libro de Hierbas" del autor chino Shen Nong se escribió hace dos mil años que la miel, la cera y la cría de abejas estaban clasificadas como "las medicinas de más alta calidad y no venenosas" Durante la dinastía Han, el Dr. Zhan Zhongijing recomienda el uso de supositorios de miel para el estreñimiento, miel con raíz de regaliz para tratar las lombrices intestinales y cera de abejas en el tratamiento de la disentería. A finales del s. V d.c. el Dr. Tao Hongjing indicaba la aplicación de cría de abejas empapadas en vino sobe la cara para mantener la piel "delicada y brillante" y en 992 d.c. el Hospital Song de la Dinastía Imperial editó "Las recetas sabias" donde se describía el uso de los productos de las abejas como remedios anti-envejecimiento. (Chen Yao Chun, 1.993) Pero es durante el surgimiento de los Imperios griego y romano cuando se escribieron un mayor número de guías de apicultura y de miel. Según la mitología griega Aristeo, hijo de Apolo y Cirene, recibió la enseñanza de la apicultura de las Ninfas que lo educaron y posteriormente la enseñó a los hombres. Y ya a partir del s. IV a.c. varias ciudades griegas acuñaron monedas con la imagen de la abeja y los atributos de la apicultura. Al parecer la región de Ática producía la mejor miel de la antigüedad. Los más antiguos testimonios escritos relativos a la apicultura en la Grecia antigua datan del tiempo de los primeros Juegos Olímpicos (776 a.c.) En ese mismo periodo la miel se puede hallar a través de la Iliada y la Odisea. Aun hoy la mayoría de las descripciones de Aristóteles sobre la vida de la abeja siguen siendo extraordinariamente precisas. Los autores romanos estaban igualmente fascinados por el complicado arte de las abejas. En el "Medicamina" de Ovidio se menciona el uso de la miel y la cera para fines médicos y cosméticos y Virgilio se refiere exhaustivamente a a las abejas y a las actividades relacionadas con la apicultura, incluyendo una gráfica alusión al mito de Aristeo. Plinio dedicó muchas páginas de su "Historia Natural" a la miel y la apicultura, coincidiendo con Aristóteles en cuales eran las mejores mieles de la época. Los autores Columella y Varro procedieron a la observación directa para elaborar sus teorías que, aún hoy, son una útil fuente de información. El uso de la miel en la antigüedad como edulcorante se aplicó de muchas formas aparte de en postres. Las cocinas de las antiguas Grecia y Roma equilibraban el dulce con lo agrio, lo amargo y lo salado en sabores mucho más amplios que los que conocemos ahora y haciendo menos énfasis en platos que fueran dulces de principio a fin. La miel junto con el vinagre se usaban para aderezar un gran número de hierbas y especias. Adornaban un sin número de salsas, desde las de mojar hasta las usadas para asar aves y pescados y para aliños ligeros de ensaladas. Otras salsas se hacían a partir de entrañas de pescados secados al sol y eran los los agentes de sabor más populares en esos días, equivalente al uso de la salsa de soja en la cocina china o del caldo de pescado en la tailandesa y vietnamita. El vino raramente se usaba directamente como bebida sino que se mezclaba con agua y se endulzaba con miel y se aderezaba con hierbas, especias y resinas de plantas. La miel también se usó como preservante junto con la salmuera y el vinagre para carnes, frutas y verduras. En los países del Norte de Europa y Escandinavia el cultivo de la uva quedaba muy distante y el vino se hacía de miel, de hecho durante la Edad Media la mayor parte de los panales de miel se emplearon en la producción de esta bebida que evolucionó en docenas de variantes especiadas y fermentadas de distintas formas. En la mitología noruega el gran dios Odín alude a esta bebida y en Inglaterra, Irlanda y Gales su consumo estaba muy extendido, como dejan claro las numerosas referencias en el poema épico Beowulf (700 d.c.). Mientras tanto en el Oriente Medio y de vuelta al Mediterráneo, el cultivo de la miel se extendió y floreció durante la ascensión del imperio Árabe entre el 600 y 800 d.c. Puesto que el alcohol estaba prohibido para los musulmanes, el uso de la miel fue como alimento y medicina, tal y como recomendaba Mahoma en el Corán. Este legado se difundió por todas las culturas de influencia árabe alrededor del Norte de África, Sicilia, España y Turquía y aun hoy permanece su influencia en los dulces bañados en miel de las cocinas de todas estas culturas. Según la iglesia Católica ganó prominencia en Europa, aumentó la necesidad de apicultores, no tanto por la miel como por la cera virgen que las abejas producen. Arde limpiamente, con un perfume suave y una llama clara y la connotación de ser producido por abejas vírgenes era visto especialmente apropiado para la práctica cristiana. Según una leyenda las abejas huyeron del paraíso cuando los hombres cayeron en pecado fuera del Edén. Por esta demostración de moralidad, las abejas recibieron la bendición divina, y por lo tanto, "esta bendición alcanzaba a las velas hechas de su cera para ser usadas siempre que se cantaba una misa" De este modo la apicultura entró en los monasterios y se construyeron colmenas especiales en los jardines. San Ambrosio, obispo de Milán de 347 a 397 d.c. pasó a ser el santo patrono de los apicultores. Mientras tanto en las comunidades judías, la miel se convirtió en un componente importante de las celebraciones en forma de dulces. En el primer día del ingreso de un chico en la escuela religiosa, las letras del Talmud se escribían en miel sobre una pizarra y los nuevos las lamían para hacer su aprendizaje dulce. Debido a su laboriosidad construyendo los panales de sus colmenas y su conexión, tanto con el ritual egipcio como con los cultos mistéricos griegos y romanos, las abejas y sus colmenas han sido durante largo tiempo un símbolo para la masonería. Mitos y leyendas siempre han rodeado la práctica de la apicultura. En la Britania rural la costumbre de "informar a las abejas" ha durado durante siglos. Cualquier hecho importante que ocurriera en la familia de un apicultor – una boda, una muerte – debía ser compartido con las abejas. De otro modo, según la leyenda, las abejas abandonarían a la familia. El conocimiento y uso de las abejas y sus productos ha permanecido a lo largo de la historia. En Europa la miel se mantuvo como un elemento básico en farmacia y medicina, formando parte de infinidad de fórmulas del vademécum de la época, hasta el Siglo XVIII. Los médicos del ejercito de Napoleón Bonaparte usaban el propóleo para curar las heridas de guerra y el mismo emperador, fascinado por las abejas, no solo por sus curativos productos sino también por su simbolismo real, las hizo bordar en su manto de investidura y formaron parte de algunas de sus más distinguidas condecoraciones. En la medicina popular georgiana se empleaban ungüentos con propóleo para distintas enfermedades y hasta se frotaban los juguetes de los niños. En la Antigua Rusia La miel era de gran importancia en la farmacopea usándose como contraveneno, para tratar llagas, infecciones, heridas profundas, afecciones respiratorias, tos, dolores de estómago, problemas de intestino, desnutrición, raquitismo y anemia. El profundo interés de los rusos por las cualidades terapéuticas de los productos de la colmena ha llegado hasta nuestros días, usaron el propóleo aplicado en bálsamos durante la Segunda Guerra mundial para curar las heridas de los soldados y ya en la segunda mitad del s. XX, han promovido abundantes investigaciones y su empleo en los países bajo su influencia durante la era soviética. Hoy en día son muchos los países en todos los continentes que se han unido al estudio científico de los productos de la colmena y a su aplicación en algunas de las más importantes enfermedades que aquejan al hombre. LA COLMENA Las abejas melíferas provienen de Europa y África y, gracias a su capacidad polinizadora, han sido transportadas a todos los lugares donde se practica la agricultura. No podemos considerar a la abeja como un insecto independiente sino como parte de una colonia organizada socialmente de una forma muy compleja. Cada colonia está formada por decenas de miles de miembros que habitan en una colmena y se la puede considerar una perfecta unidad biológica formada por una madre reproductora (la reina) miles de abejas obreras no fértiles, cuyas tareas son mantener el nido y proveer alimento y unos cuantos cientos de machos (zánganos) sin aguijón. De la reina depende, en primer término, el bienestar y riqueza de toda la colonia, pues es la única hembra, en la ciudad de las abejas, que pone huevos (de 1.000 a 2.000 diarios) y proporciona continuidad a la especie. Su tamaño dobla al de una abeja obrera debido a que es alimentada exclusivamente con jalea real, vive de cuatro a seis años y al envejecer disminuye su productividad. El papel biológico de los zánganos consiste fundamentalmente en la fecundación de la reina aunque también ayudan al transporte de la miel y a mantener la temperatura de la colmena. En cambio no son capaces de alimentarse por si mismos ni de defenderse, ya que carecen de aguijón, por eso, al final del verano, una vez fecundada la reina, suelen ser excluidos de la colmena y abandonados a su suerte. Todos los demás pobladores de la colmena son abejas obreras hembras que no ponen huevos, su capacidad reproductora está atrofiada recayendo toda la reproducción en la reina. A cambio tienen un impulso maternal muy desarrollado que les obliga a cuidar y alimentar a los pequeñuelos descargando totalmente a la reina de este trabajo. También cuidan de la limpieza y supervisión de la colmena, arrastran fuera de ella los cadáveres, construyen sus viviendas, mantienen la colmena en la temperatura debida, acuden en su defensa en caso preciso, recogen lo que necesitan para el sustento de la comunidad, y se preocupan de la debida distribución. La reina no toma parte en ninguna de estas actividades y los zánganos solo ayudan a alimentar a las crías y a mantener la temperatura de la colmena. Todas las obreras realizan todas las distintas actividades en función de su edad: hasta el tercer día se ocupan de limpiar la colmena; del cuarto al sexto, alimentan a las larvas y comienzan sus vuelos de reconocimiento alrededor de la colmena. A partir del séptimo día se activan sus glándulas para la producción de la papilla o jalea real. Entre el duodécimo y el decimoctavo día están activas sus glándulas ceríferas y se dedican a la construcción de panales además de hacer guardias, recibir el polen y el néctar de las "pecoreadoras", elaborar los productos almacenados, mantener la temperatura adecuada y ventilar las zonas de las celdas con larvas. Entre el decimoséptimo y el decimoctavo día comienza su ultima labor trabajando en el exterior en la recolección del néctar y del polen. En la temporada activa tan solo alcanzan una edad de 45 días pero, en invierno, cuando la actividad es mucho menor, pueden cumplir de seis a ocho meses. Para regular todos estos trabajos intervienen las feromonas (secreciones de las glándulas de los insectos) que al ser emitidas influyen en el comportamiento y en el estado fisiológico de todos los miembros de la misma especie. Otras feromonas aseguran la convivencia pues solo agrupadas en una colonia son fuertes las abejas y así han podido sobrevivir durante millones de años. Estas feromonas las emiten las obreras y los zánganos. Las feromonas de las obreras también regulan la puesta de huevos de la reina determinando si pondrá huevos fecundados de los que se desarrollarán obreras o huevos no fecundados de los que nacen zánganos. La mayor puesta de huevos aumentará la cantidad de miembros de una colmena y traerá la construcción de más celdillas. Una reina bien desarrollada puede poner 200.000 huevos durante una temporada. Para ello será alimentada cada 20-30 minutos con jalea real de las abejas incubadoras y el resto del tiempo estará recorriendo pausadamente el panal y depositando en el huevecillos. Aunque estos huevecillos no son tan pequeños pues la puesta de un día equivale, en peso, al del cuerpo de la reina. La abeja primero introduce la cabeza en la celdilla para cerciorarse que está vacía y que es apropiada. Si es así introduce en ella el abdomen y permanece en reposo unos segundos, cuando se separa el huevo está en el fondo de la celda y ella está ya buscando otra celdilla en que poner el siguiente huevo. En la puesta existe una ordenación perfectamente determinada, puesto que la reina solo utiliza los panales primeros y medios de la colmena y solo en la porción central de estos panales, dejando la periferia formando el denominado nido de cría. Alrededor de este nido depositan el polen que normalmente forma una corona alrededor. El resto son celdillas de miel incluyendo los panales primeros y últimos. La abeja se desarrollará durante 21 días de los cuales los tres primeros se forma un embrión en el huevo, a los 6 días ha completado su crecimiento como larva aumento su peso en es tiempo hasta más de quinientas veces el inicial. Esta larva no tiene la menor semejanza con la madre: sin cabeza, sin ojos, sin alas y sin patas. Esto se debe a que la abeja ha de mudar sin daño de su vieja envoltura y las alas serían un impedimento insalvable (reducido a escala humana sería como si un recién nacido alcanzara en seis días un peso de tonelada y media). Sigue el tercer estadio o etapa de metamorfosis, que es de reposo, y durante el cual la larva se transforma en abeja. En este periodo las abejas cierran la celdilla con una cubierta de cera en forma de bóveda y la larva hila un denso tejido, que corresponde al capullo que preparan las orugas de muchas mariposas al formar la crisálida. Este periodo se llama de cría operculada, en contraposición a los anteriores, llamados de cría abierta. En las celdas cerradas permanecen las ninfas de abeja doce días hasta que se rompe la cubierta, y de la celdilla sale una abeja en forma de insecto perfecto. La reina realiza la puesta desde comienzos de primavera hasta el otoño, por lo que en ese tiempo siempre habrá crías de abeja en todos los periodos de desarrollo. A diario nacen más de mil jóvenes y otras tantas mueren por haber llegado al límite natural de sus días o por accidentes diversos. Las celdillas de cría vacías son utilizadas nuevamente por la reina para nuevas puestas. Los cuidados proporcionados a la cría no se limita a los primeros seis días en que es preciso alimentarla. Desde la puesta del huevo hasta la salida de la abeja es necesario mantener una temperatura comprendida entre los 35º y 36º C, temperatura que debe mantenerse de manera exacta. Los insectos no tienen el mecanismo que compartimos los mamíferos y las aves para regular la temperatura corporal pero están igualmente expuestos a los cambios extremos de la temperatura exterior. Por eso es extraordinario que mantengan la cámara de cría de la colmena a una temperatura regular y constante de 35º C. En la colmena hay millares de obreras que engendran calor. Cuando hace frío las obreras se reúnen y agrupan formando una bola sobre los panales de cría y cubren con sus cuerpos las celdas para evitar la pérdida de calor. Según va haciendo calor ellas se van espaciando y, cuando la temperatura sube, traen agua – pues no pueden sudar -, la extienden en una delgada película sobre el panal y provocan su evaporación agitando sus alas. De esta forma se convierten en pequeños ventiladores vivos que provocan una corriente de aire ordenada, que empuja el aire caliente fuera de la piquera (entrada de la colmena). Para esto hace falta un sentido térmico muy superior al nuestro y una coordinación muy bien conseguida entre las actividades de los distintos individuos. En 1959, R. Chauvin, reconoció que el cuerpo de las abejas, al contrario que el de los demás insectos, presentaba una superficie totalmente estéril. Las sustancias antibióticas allí presentes destruyen el 100% de los microorganismos y no permiten el desarrollo de formas resistentes. Según Chauvin, la abeja dispone de siete antibióticos diferentes: los de su cuerpo, los de la miel, los de la cera, los de la jalea real, los del polen, los de la apitoxina y los del propóleo. Esta es una potente protección vital que permite que en una colmena lleguen a convivir hasta 50.000 abejas perfectamente protegidas frente a los abundantes microorganismos de la naturaleza.Los tiempos señalados anteriormente para las diversas etapas de la cría se refieren únicamente a las obreras. La reina precisa aproximadamente unos cinco días menos. Los zánganos unos tres días más, para que se desarrolle el huevo y aparezca el insecto perfecto. Dependiendo de los cuidados prestados a la larva por las nodrizas de un huevo saldrá una reina o una obrera. Destinan a a las obreras celdas normales y estrechas mientras que asignan a las reinas celdas mucho más amplias que se llaman realeras. El futuro de la larva se decide por la alimentación que recibe durante su crecimiento. Las larvas obreras son alimentadas en sus primeros tres días de existencia por una jalea nutritiva algo diferente de la que recibe la reina. En fases posteriores su alimentación se hace más fuerte, consistiendo en polen y miel. La larva que será reina solo se alimenta de jugo nutritivo, que se le va facilitando en mayor cantidad que a las demás larvas. Pero lo fundamental no es la cantidad extra que recibe la reina sino el aditamento de una determinada secreción glandular que solo se destina a ella. Eso hace que la abeja llegue a pesar 359 gramos contra los 144 gramos que pesa una abeja obrera. El zángano recibe una alimentación similar a la de la abeja obrera aunque en mayor cantidad y eso hace que llegue a pesar 340 mg. Lo que determina que de una celdilla salga una abeja obrera o un zángano es que la reina deposite un huevo fecundado (obrera) o un huevo no fecundado (zángano), estos nacimientos deben ser previstos de antemano construyendo celdillas más grandes que puedan cobijarlos. La primavera es la época de mayor producción de alimento y también de mayor actividad de la cría. El número de abejas incrementa considerablemente y, con ello, la potencia y prosperidad de la colmena que se prepara para multiplicar sus colonias. Una nueva colonia exige una nueva reina, y solamente cuando esta exista puede formarse otra población. En el mes de mayo, lo más tarde, las obreras preparan algunas realeras y cuidan en ellas a las larvas destinadas a ser reinas. Una sería suficiente pero se crían varias para cubrir cualquier accidente, pues es fácil suprimir un par de abejas sobrantes pero sería imposible criar una nueva reina en una necesidad momentánea y la naturaleza carece de sentimentalismo. Aproximadamente una semana antes de que la joven reina salga de su celda se produce la enjambrazón: unos días antes de que esto sucede la actividad parece que decrece en el interior de la colmena, las obreras se reúnen en grandes grupos en la entrada de la colmena, agrupan algunos machos y, como obedeciendo a una decisión común, se introducen en la colmena y caen sobre los panales llenando sus estómagos. Solo la mitad de la colmena hace estos preparativos y a continuación, bien provistas, salen tumultuosamente en un viaje hacia lo desconocido formando una nube de abejas que se eleva en el aire poco a poco. Con ellas, abandona el hogar la vieja reina. Entonces la reina pasa a guiar al enjambre, que se detiene en cualquier árbol o entrante donde ella se detenga, formando un denso racimo a su alrededor. Es en este momento cuando el apicultor puede llevar, con poco esfuerzo, el enjambre a una colmena vacía para asegurar su posesión. Si no el enjambre se habrá perdido para él con seguridad, pues muchas abejas actúan de exploradoras buscando un nuevo alojamiento. Las exploradoras movilizan el enjambre y hacen que abandone su lugar de descanso, el racimo se disuelve y sigue como una nube a las exploradoras a su nuevo hogar. Mientras tanto, en su antigua colmena las abejas están sin reina, pero a los pocos días sale la primera joven reina de su celda, virgen hasta que se una al macho y pueda comenzar la puesta de huevos. Aunque en la colmena hay suficientes zánganos, no se interesan en absoluto los unos por la otra ya que el apareamiento consanguíneo resultaría perjudicial. Una semana más tarde de abandonar la celda de cría, la reina emprende su vuelo nupcial y se aparea en vuelo con uno o más zánganos provenientes de otras colmenas a los que atrae con el olor que desprende su glándula mandibular. Para ello se dirige al mismo lugar donde todos los zánganos se reúnen cada año. Este lugar viene determinado por un factor hereditario que les lleva en época de celo a buscar un lugar determinado para el apareamiento, la gente del campo conoce estos lugares ya que, en fechas determinadas, se puede oír desde el suelo el zumbido de los zánganos merodeando. Antes de salir en su vuelo nupcial la reina habrá destruido todas las otras realeras y matado personalmente a sus hermanas, dejando a las obreras la misión de quitar las realeras y eliminar los cadáveres. Pero cuando la población "está de humor" para hacer un nuevo enjambre, las obreras protegen las realeras sobrantes de los ataques de la reina. Las jóvenes reinas preparadas para su salida no abandonan las realeras pues la reina, sin titubeos, caería sobre ellas. Sacan sus trompas por una pequeña hendidura practicada en la cubierta de la celda y las obreras las alimentan por ella. Solo saldrán cuando tengan la certeza de que la reina ha abandonado la colmena con un nuevo enjambre, una de ellas quedará como reina y las demás serán sacrificadas a no ser que vaya a haber aun más enjambres y entonces sucesivas reinas irán tomando posesión de sus derechos. Una vez acabada la época de enjambrazón y hasta la nueva primavera , las abejas forman un pueblo exclusivamente femenino y mantienen entre sí una paz ininterrumpida. Todos los miembros de la colmena que dejan de ser útiles a la comunidad son eliminados, no por crueldad sino porque sencillamente no podrían subsistir. Las viejas reinas improductivas son eliminadas igual que las jóvenes excedentes, los zánganos al copular pues pierden los intestinos en el acto y los restantes, porque son incapaces de proveerse alimento y una vez acabada la época de enjambrazón son expulsados. En cuanto a las obreras, siempre están dispuestas a entregar su vida defendiendo a la colmena ya que al utilizar el aguijón se desgarran por dentro y mueren y también a exponerse a toda serie de peligros en el exterior, mientras consumen su vida rápidamente en el ingente trabajo que supone aprovisionar una colmena. Al final de sus días, si no ha sufrido ningún accidente, la abeja permanecerá agonizante en el exterior de la colmena procurando no dejar un engorroso cadáver a sus compañeras. ¿CÓMO SE RELACIONAN LAS ABEJAS?
En cuanto a la vista, necesaria para su actividad en el exterior, disponen de un par de ojos facetados, situados a ambos lados de la cabeza que les permite detectar los colores de forma precisa, incluidos los rayos ultravioletas, invisibles para el hombre. Su vista no es muy nítida pero es muy buena para registrar objetos móviles y analizar los acontecimientos de forma temporal. Se supone que el sentido del tiempo, sumamente desarrollado en las abejas, está relacionado con el campo magnético terrestre, y que este les ayuda también a orientarse espacialmente en el interior de la colmena. Una de las mejores brújulas para las abejas es el sol por él que se orientan espacial y temporalmente pero también son capaces de percibir las oscilaciones de la luz polarizada, propias del cielo azul, y usarlas para su orientación espacial. Para comunicarse entre ellas usan unos movimientos muy precisos especiales llamados las danzas, por las que se transmiten información. Hay una danza circular y otra danza abdominal: con la primera señalan una fuente de aprovisionamiento cercana, con la segunda, que es más complicada, emiten también sonidos. Cuanto más lejos está la fuente, más lenta es la danza que también indica la procedencia del botín. La dirección de la danza es como una brújula indicando la dirección de la fuente de alimento. Para informar sobre la clase de alimento transmiten una dosis microscópica de dicha planta que portan en sus cestillos de polen. La danza de las abejas adquiere toda su importancia biológica por la circunstancia de que solamente se realiza cuando se descubre una fuente rica en aprovisionamiento. Para un botín escaso, que no ofrece gran riqueza, no se producen danzas en la colmena. Cuando se produce la floración simultánea de varias especies de plantas, la más visitada será la que ofrezca mayor cantidad de néctar y en este el contenido de azúcar más elevado. Las abejas que encuentren esta clase de flores danzarán con más viveza que las que han hallado un cebo menos rico. Así puede avisarse con mayor exactitud el día que ha de recolectarse intensamente en la flor de azahar por ejemplo y, al mismo tiempo, se asegura la máxima actividad en la polinización de las flores que ofrecen el néctar más dulce y abundante. (Notas tomadas de diversas fuentes: Curso de Apiterapia del Dr. Stefan Stangaciu, "Honey from flower to table" by Stephanie Rosenbaum, CD rom La medicina por las abejas, tratado de Apiterapia por Apimondia, Propóleo y demás productos de la colmena. Pedro Crea) |